4 Sep, 2026 | William Bridge (1600–1670) |
¿Por qué te abates, oh alma mía?
Hay días en que el alma pesa. No es que algo terrible haya ocurrido necesariamente; simplemente amaneces hundido, sin fuerzas, con una tristeza que no sabes nombrar. Y quizá lo que más te confunde es esto: si de verdad conoces a Dios, ¿por qué te sientes así?
Es una pregunta antigua. Uno de los hombres más cercanos al corazón de Dios en toda la Escritura, el rey David, la hizo primero. Pero fíjate a quién se la hizo.
¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío.
Salmos 42:11 (RVR60)
David no le está hablando a Dios aquí, ni a un amigo. Se está hablando a sí mismo. Le habla a su propia alma. Y ahí, en ese pequeño gesto, hay más sabiduría de la que parece.
Dos maneras en que el ánimo se derrumba
David usa dos palabras para describir su estado, y cada una es una imagen. La primera es abatido: como un hombre encorvado bajo el peso de una carga demasiado grande, que lo dobla hacia el suelo. La segunda es turbado: como el mar en plena tormenta, agitado, sin un momento de calma. Uno te aplasta hacia abajo; la otra no te deja descansar. A veces vienen juntas.
Tal vez reconozcas alguna de las dos. Y si es así, lo primero que necesitas oír es que no eres el primero, ni el único. Un salmista, un rey, un hombre conforme al corazón de Dios, conoció ese mismo peso y esa misma tormenta.
Háblale a tu alma; no la escuches sin más
Aquí está el giro que lo cambia todo. Cuando estamos desanimados, lo natural es escuchar al alma: creerle todo lo que nos susurra, dejar que sus sentimientos manden. David hace lo contrario: le habla. La interroga. Casi la reprende: «¿Por qué te abates? No tienes motivo para quedarte así». Y después la redirige: «Espera en Dios».
Predicarnos a nosotros mismos en vez de simplemente creernos es una de las lecciones más prácticas de toda la vida cristiana. Tus sentimientos son reales, pero no siempre dicen la verdad. Y no tienes que obedecerlos.
Tres verdades que sostienen esta serie
En estas mismas palabras de David hay tres afirmaciones que van a guiar todo lo que veremos en los próximos artículos.
1. El creyente, por lo general, tiene paz interior
El desánimo no es tu estado normal como hijo de Dios. Que David tenga que preguntarse «¿por qué te abates?» revela que esto no era lo habitual en él; lo habitual era la calma. Quien camina con Dios tiene descanso: «Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera» (Isaías 26:3).
2. Esa paz puede interrumpirse
Ser de Dios no te hace inmune al abatimiento. Los santos también se desaniman, también se turban, también tienen sus tormentas. Que estés hundido hoy no significa que hayas dejado de pertenecerle: significa que tu paz está interrumpida, no perdida.
3. No tienes verdadera razón para quedarte abatido
Sea cual sea tu situación —y aquí está el corazón de todo—, David se lo dice a sí mismo con claridad: «No tienes motivo para esto». Puede que sientas mil razones: tu pecado demasiado grande, tu fe demasiado débil, tu situación demasiado oscura. Las iremos viendo una por una. Y en cada una descubrirás que, en Cristo, el desánimo no tiene la última palabra.
A dónde vamos desde aquí
Esta es la primera parte de una serie basada en un viejo tesoro pastoral: Consuelo para los abatidos, del predicador puritano William Bridge (1600–1670). A lo largo de los próximos artículos tomaremos, una a una, las causas más comunes del desánimo del alma —el peso del pecado, la fe que se siente débil, la sensación de que Dios se ha alejado, el sufrimiento, el sentirte inútil— y pondremos frente a cada una la respuesta de la Escritura.
Por hoy, quédate solo con esto: la próxima vez que tu alma se derrumbe, no te limites a escucharla. Háblale. Y dile lo que David se dijo: «Espera en Dios; porque aún he de alabarle».
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Adaptado y traducido al español por Ecos del Edén, de A Lifting Up for the Downcast (1648), de William Bridge.